Reflexiones en ruta

“La única forma de saber si ese pantalón te va a quedar bien es probándotelo. Si te entusiasma lo que ves en el espejo… ¡wow! ¡compralo ya!”

Stel -mi ex psicóloga- me dijo esa frase algún día y no la registré hasta que Dafne, una de mis mejores amigas -que también hizo terapia con ella- me la repitió hace poco, mientras charlábamos sobre nuestra vida amorosa en ruta hacia Montevideo.

La única forma de saber si sos compatible con alguien y saber cómo te hace sentir es intentándolo. Aceptando esa salida aunque la ansiedad te llene de dudas. Dejando mente y corazón abiertos a que el otro te muestre cómo es, como sos y cómo compartir.

A veces esperamos que se de una constelación entera de hermosas cualidades o esperamos tachar la mayor cantidad de items de nuestra lista de “candidato perfecto” pero también puede que se acierte a la primera mirada y ya sea magia. A la mierda la lista. Eso se siente.

Quizás alguien llegue y te deje sin nada entre las manos. Sin az bajo la manga. Con la guardia baja. Tan vulnerable que te hace invencible.

O quizás te pase que alguien que ya conocías de repente se enciende en vos y lo ves con otros ojos. Mágicamente cambia la perspectiva.

No se sabe.

Hay que tirarse a la pileta para comprobar que hay agua y, si no hay, levantar tus pedazos del suelo, uno por uno y a prepararse para la próxima. Porque va a haber otras oportunidades, sin dudas. Y sin dudas vas a volver a tener dudas pero de nada sirve darle vueltas a la situación en tu cabeza. Tenés que dar esas vueltas en la vida real.

 

Entonces la única forma para conseguirlo es animarse. Probarse el pantalón y ver cómo queda. Con el corazón en su lugar y los brazos dispuestos a atenuarte la caída o preparados para dar un abrazo. No hay fórmulas mágicas.

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Colonia del Sacramento – Uruguay

Cada tarde en este rincón del mundo el sol se deja caer hacia el horizonte y se funde en el río confiando en que al día siguiente emergerá de nuevo.

Confiar es la palabra mágica.

No vivas con miedo a volver a confiar. No dejes de moverte por miedo a tropezar con el adoquín bajo tus pies porque si lo hacés es lo mismo que quedarte parado. Y nada avanza en ese estado. El miedo te avisa que algó está por cambiar pero no siempre significa algo malo.

Tampoco tengas miedo a sentirte vulnerable. A sentirte. A dejarte caer por un rato.

La hora mágica pasa todos los días.

Si no se ve en este rincón del mundo, en otro te aseguro que está pasando.

Confía.

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Y no es que te quiera dar la espalda. Pero si quiero ver la inmensidad delante de mis ojos, no puedo mirar hacia atrás.

Adiós Devoto

Camino hacia la casa de mi viejo como un autómata. Hace años que hago el mismo recorrido evitando las avenidas principales porque siempre están llenas de gente y así -engañando a mi mamá que piensa que camino por las avenidas que son “más seguras”- en realidad, camino por donde puedo reflexionar mejor y mantener charlas con mi cerebro: los pasajes. Y así, mientras mis pies se mueven, pienso en que dentro de poco ya no voy a andar sobre los mismos pasos.

Se mudan de la casa de Devoto.

Y con ellos en otro barrio le digo adiós al que me vio crecer y al que más me significa. Al barrio que nos vio caminando la distancia que separaba el colegio de nuestras casas y nos acercaba el uno al otro; al que nos escuchó hablando sobre cuando fuésemos grandes cuando todavía éramos inocencia. Conversando sobre un futuro que se veía tan lejano y es hoy.

Este verano pasa lento y me permite hacer una especie de duelo. Tanto cambió.

Me angustia un poco perder el jardín con su limonero y también el garaje – ahora depósito- en donde hace varios años pasaba la hora de la siesta de los sábados escribiendo, jugando e imaginando otros mundos. Pero lo que más me angustia es ya no tener una excusa válida para caminar sobre estos recuerdos -lo único que nos une ya- y volverme melancólica.

La esquina donde nos despedíamos después de esas charlas ya no existe. La casa que fue testigo de dos chicos que se preocupaban como adultos y a los dos segundos se reían por eso, tampoco existe… como nosotros.

Pienso en cómo cargamos los lugares con nuestras emociones a cada paso que damos. Lo hacemos tan seguido y tan inconscientemente que resulta casi imposible transitar esas calles y no recordar, no sentir el eco del pasado como un deja vú.

Todavía no decido si es un defecto o una virtud esto de asociar lugares y cosas físicas con lugares y cosas emocionales. A veces pienso que sí y muchas otras que no. A veces duele pero otras veces -como esta- se puede recordar con una sonrisa.

De lo que estoy segura es de que hay determinadas cosas que el cuerpo no olvida.

Desde que tengo uso de razón fantaseo con ser escritora.

ESCRIBIR

Hoy creo que, de una u otra manera, lo soy; aunque no sea reconocida ni publicada, ni tenga una novela terminada. Pero me doy ese “título” porque la escritura ya vino conmigo, nadie me dijo “tomá esta hoja y este lápiz, usalos para escribir”, fue un proceso orgánico.

Cuando todavía no entendía que existen los escritores (ni lo que hacen por el mundo) lo daba por sentado, no entendía qué hacía cada vez que se me ocurrían oraciones o necesitaba salir corriendo para encontrar un cuaderno en donde escribir y meterme en otros mundos. Es lo que soy: alguien que escribe por gusto, dolor y porque es lo que necesita. Junto letras porque prefiero sangrar a través de mis dedos para que el dolor (o alegría, o nostalgia, o lo que sea) pierda poder o se magnifique, dependiendo de la ocasión.

Escribir siempre fue una cuenta pendiente en mi vida. Dejar de huir de mi misma y escribir constantemente. Tengo cuadernos, papeles y cartitas de casi todas las etapas de mi vida. En algunas hojas hay poemas, en otras ideas para novelas, ideas en general, hechos que no entendía, historias ajenas, dolores, cartas de amor, catarsis, alegrías, cuentas, palabras lindas y feas también. Verlas me recuerda que la escritura es mi elemento, es como me conecto conmigo y con el mundo, es como logro entender y recordar ciertas cosas y lo que le da sentido a mi vida.

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Soy todo eso que vuelco en el papel porque cada palabra que baja hacia mis dedos es nace de mi. Y no lo quiero dejar ir, quiero preservar este arte para siempre.


 

Lo que somos puede ir mutando con el pasar de los años y las experiencias pero somos tanto…

Somos lenguaje.

Somos lo que escriben de nosotros.

Somos lo que escribirnos sobre los demás.

Somos las palabras que juntamos y cómo lo hacemos.

Somos nuestras elecciones.

Somos el tono en el que hablamos.

Somos, también, nuestros silencios. Lo que aprendimos a callar y el momento que elegimos para romper el silencio.

Somos lo que dejamos atrás y lo que guardamos.

Somos las huellas que dejamos en otros y las que ellos dejan en nosotros.

Somos ese anhelo utópico que va cambiando de caras.

Somos los puentes que cruzamos (los reales y los emocionales).

Somos lo que recuerdan de nosotros.


 

Y vos, ¿sos lo que querés ser?

Me fascina vivir en una ciudad como Buenos Aires. Tan grande, tan loca, tan cosmopolita, tan viva y con tanta historia.

Pienso en las veces que camino por Lope de Vega y en que vos también la caminás. Muy seguido, me atrevo a afirmar. A veces siento que sigo tus pasos, despacito, cuando voy hacia Beiró para tomar un colectivo.

La verdad es que no me gusta caminar sola por ahí y lo evito cada vez que puedo. Es tan probable que nos crucemos que la casualidad nunca quiere que suceda.

En el subte me pasa lo mismo. Mientras espero pasan por delante de mis ojos tantas personas por minuto y ninguno vos. A veces te imagino entre la multitud.

Me siento en el tercer vagón y soy una más del montón que no sabe hacia dónde mirar: al suelo, a los carteles, los zapatos del pasajero opuesto o ser valiente y mirar a alguien, corriendo el riesgo de que se encuentren las miradas.

Te busco en cada rostro que me llama la atención y nada.

Puede que eso sea lo que estoy haciendo mal porque vos te instalaste en mi sin llamar. Ni a la puerta, ni al teléfono, ni al corazón, ni la atención. Al principio, por lo menos.

Bajo del subte y subo las escaleras hacia la realidad. El cielo de Buenos Aires llora pero la Avenida de Mayo está tan linda como siempre. Hasta más linda con lluvia, si es posible.No puedo evitar ir con la mirada hacia arriba, aunque me empape la cara. Es que los edificios y cúpulas de esta avenida son imperdibles. Una y otra vez, no me canso, siempre descubro algún detalle nuevo. Soy de esas a las que se le paran los pelos por las cosas más inverosímiles. Y sin paraguas, imagínate: piel de gallina disfrutando de la lluvia.

-¡Ay, disculpame!– suelto avergonzada por la distracción que me hace chocar con otro cuerpo.

Hola, Neri.- me dice sonriendo y le presto atención a su cara. Es él.

Sus ojos son los mismos de siempre pero la mirada cambió. La nostalgia reemplazó a la picardía y eso no se puede ocultar, por mucho que los labios se curven.

Me congelo. Muchas veces pensé en este momento y en todo lo que le diría: que de vez en cuando siento como que me duele una parte y no me deja olvidar, no me deja seguir; que lo extraño en mi vida, que lo comparo con todos.

Pero en lugar de eso, comprendí que, en palabras de Neruda, “nosotros los de entonces, ya no somos los mismos”. Y yo que me quejo siempre de lo mucho que tardo en entender algunas cosas, esto lo entendí en una fracción de segundo porque me lo dijeron sus ojos.  Ya no sé cómo se ríe, quién es su mejor amigo, dónde trabaja, cómo saluda, si es feliz.

-Hola! cómo estás?.- le pregunto. Como a un desconocido al pasar. Soy cordial, genérica, sin afecto, sin interés.

Después lo abrazo, brevemente, como dos conocidos incómodos por el paso del tiempo e, igualmente, se  me eriza cada cabello. El cuerpo tiene memoria pero la memoria de la cabeza a veces falla. O la hacemos fallar.

 

Nimiedades

Estaba viendo un video en el que era invierno y, de repente, (como siempre mi mente geminiana está en varios lugares a la vez) se me vino esa línea a la cabeza: “qué lindos esos cachetes colorados”.

Y pensé que las nimiedades son la base de la felicidad.

Fue como un breakthrough.

A veces me olvido de lo que sé y creo que la felicidad tiene que ser grande: un gran logro, algo que lleve mucho esfuerzo, algo que tarde en suceder, algo que sorprenda. Pero ¿por qué no permitirte amar esas pequeñas cosas de la vida que en realidad son gigantes? Por ejemplo, las que te hacen querer a otra persona.

Girás la cabeza y ahí están esos detalles que denotan lo especial que es para vos. Me pasa con esa cicatriz que me muero por saber cómo te hiciste y que, para mí, te da más carácter (aunque no te hace falta). Incluso me pasa cada vez que me decís “querida”. Me pasó ese día que charlamos al sol sentaditos en ese banquito y fueron los minutos más cálidos de esa semana. Disfruté el sol, me disfruté a mí misma tomando sol, al cielo azul, a los primeros calores primaverales y ese ratito con vos a mi lado. No necesitaba más. El sol derretía mis barreras.

Te veo desde lejos, mate en mano, y las palabras brotan desde algún lugar y se entrelazan en mi cabeza. No sé cuánto me gustás ni hasta cuándo pero agradezco que hayas revivido, sin intención, al corazón que pasaba desapercibido dentro de mí y creía paralizado por mis miedo infundados a que se vuelva a romper. El corazón no se rompe, Neri.

Pienso que somos poesía viviente, que somos inspiración para cualquier persona que quiera vernos de esa manera. Te miro y quiero versarte la boca y también el alma, ya que estamos. Sí, versarte con V corta.

Sigo preguntándome si hago lo correcto con vos (¿qué es lo correcto en tal caso?) si aprovecho la oportunidad y de verdad hago todo lo que puedo hacer. Si es o no es. Creo que sí. Me cuestiono tanto entre este vaivén de pensamientos, de dudas, de incertidumbre, y me pregunto cuándo será que deje de cuestionar cada experiencia. Quiero dejar de dudar, dar las gracias por sentirme así de nuevo y dejarlo fluir.

Es loco porque hasta me atrae la forma en la que fumás (aunque no banque el hábito) y quiero verte exhalar ese humo cargado de nicotina, achinando la mirada. Soy fumadora pasiva dentro de tu ritual. El cigarrillo se vuelve algo nímeo y me habla de vos. Qué poco te conozco! (por ahora). Me gusta también la forma en la que te reís porque parecés un dibujito animado cuya cara se arruga y eso me hace reír también. Debo parecer una boba riéndome de cada boludes que decís pero who cares. Me hace bien. Sos la nimiedad más grande en mi actualidad.

No sé cómo de los cachetes colorados pasé a él pero lo que quiero decir es que muchas veces las cosas chiquitas son las que nos hacen grandes. Lo que pasamos por alto porque parece algo más puede ser lo que en el fondo nos hace interesarnos. Porque, como escribí hace un tiempo: los pequeños detalles de la vida son los que marcan la diferencia, los que nos hacen ser lo que somos y no un prototipo imperfecto de algo más.

No veo el futuro pero no lo siento a él dentro del mío. Igualmente esto está buenísimo. Es el primer paso después del atasco. Nimiedad más nimiedad y pasito tras pasito.

Dos meses

Llevo casi 60 días sin publicar y no hubo un día de esos en el que no estuviese pensando en escribir.

Los dedos me dolían por no ponerlos a hacer ejercicio contra las teclas o con la pluma sobre las hojas de mi cuaderno. Tenía abstinencia de letras y me dolía el alma también.

Lo único que quería hacer era esto:

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Dormir 🙂

No sólo porque estaba físicamente cansada sino que necesitaba que mi cabeza frene el BLABLABLA continuo y la ametralladora de malos pensamientos.

Pasé días donde en mi interior todo era feo. En colores sería negro, gris y verde pantano. Estuve muy triste, enojada, frustrada, ansiosa, impotente y con miedo. En resumen, todos los sentimientos que siempre trato de controlar salieron a la superficie… todos juntos. Como una explosión. Los sentimientos no se controlan pero se elige que se hace con ellos y yo me abracé a la tristeza y al miedo como si fuese el fin del mundo y ellos mis únicos amigos.

Después de todo eso me debilité de espíritu y no pude sacar ganas de ningún lado. Me perdí y empecé a dudar de mis capacidades; quería sentirme guerrera pero me sentía carente de ovarios. Y aunque no me rendí me sentía muy desanimada… En mi mente, viendo hacia atrás en mi vida, pienso que siempre me rindo en cuanto las cosas se ponen difíciles y no me gusta ser así… no sé si es totalmente así pero no me considero la persona más tenaz del universo y tengo que crecer en ese aspecto (aunque una vez le pregunté a mi mamá con qué palabras me definiría y una de las que eligió fue tenaz… si ella la vio en mí algo de eso debe haber). Huir de las dificultades nunca es la solución porque siempre te encuentran de nuevo.

El disparador de toda esta “crisis” es medio boludo pero dejé que me afecte tanto que llegué hasta a llorar…  fue haber desaprobado una materia de la facu en la que hasta hace poco me iba muy bien. Prácticas de guiado es una materia que requiere de muchas herramientas personales además de horas de estudio. Desaprobar la segunda parte después de haber aprobado fácilmente la primera se sintió como estar en el punto más alto de una montaña, tropezar y caer estrepitosamente hasta la base y quedarse ahí tirada.

Mi mejor amiga me dijo que no haber aprobado me dolió tanto porque tengo el ego deprimido y me pareció una expresión muy acertada para describir lo que me pasó. Es una herida más en mi confianza y un tambaleo en mi fortaleza. Pero como dice Mía Astral: no hay días libres en el trabajo interno. Yo pensé que sí…

Y me llené de bronca porque no quería volver a esos sentimientos, a esas dudas que me recuerdan al pasado y a la persona que no quiero ser. En realidad también pasó que me resigné al cansancio mental que sentía y eso hizo que el resultado final sea haya visto como algo parecido a bajar los brazos.

Hoy estoy bien… en una especie de rehabilitación emocional, tratando de aprender de ese terremoto emocional en el que me metí y no pude salir hasta que terminó de hacer lo suyo, llevándome puesta en el proceso.

Yo sé que escribir es mi cable a tierra, es la forma en la que mejor me comunico. Es como me pongo en eje. Así que me voy a sanar y a volver a mí letra por letra…

En este tiempo después de todo lo que sentí pienso que no necesito ser feliz todo el tiempo sino que necesito sentirme balanceada. Y estoy en eso… ya desperté.
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